Una de las más
grandes hazañas de la tecnología está casi pasando desapercibida.
El vehículo
Curiosity está llegando a Marte.
Solo quedan
cinco días
Maniobra de
aterrizaje del Curiosity
Una vez allí,
la misión Mars Science Laboratory (MSL) liberará al Curiosity, un vehículo robótico de seis ruedas, casi una tonelada de peso y tres
metros de longitud, tres veces mayor que los anteriores Spirit y Opportunity.
Han sido
necesarios diez años de investigación, más de 2.500 millones de dólares y el
trabajo de 5.000 personas para conseguirlo. Y un viaje de nueve meses y 250
millones de km para alcanzar el objetivo.
En el momento
de escribir estas líneas, la misión, con el rover Curiosity en su interior, se
preparaba para realizar las maniobras de inserción en la órbita del Planeta
Rojo.
El próximo
lunes, si no hay contratiempos, el vehículo será depositado suavemente en el
cráter Gale, un lugar prometedor y rico en arcillas, señal inequívoca de que en
el pasado albergó grandes cantidades de agua.
El Curiosity
lleva a bordo 80 kg de material científico, 16 veces más que sus dos
predecesores, y tiene la capacidad de revolucionar, literalmente, nuestros
conocimientos sobre Marte. Su equipamiento es realmente espectacular.
Cuenta, por
ejemplo, con un laboratorio alimentado por energía nuclear que es capaz de
vaporizar rocas y "devorar" copiosas muestras minerales, desmenuzándolas
en busca de los elementos básicos de la vida.
El vehículo,
que podrá desplazarse a una velocidad máxima de 90 metros por hora, será capaz
de superar, sin ayuda humana, obstáculos y desniveles de hasta 75 cm de altura.
La misión,
considerada como histórica, tiene cuatro objetivos principales: determinar si
el planeta albergó vida en algún momento de su pasado; realizar, durante dos
años, medidas climatológicas continuas y a intervalos de una hora; realizar
estudios geológicos de la superficie de Marte y, lo más importante, determinar
con exactitud las condiciones de habitabilidad del planeta. O lo que es lo
mismo, recabar todos los datos necesarios para el futuro establecimiento de
colonias humanas.
Pero ya habrá
tiempo para hablar de eso. Por ahora, la mayor preocupación para los
responsables de la misión es completar con éxito una compleja y más que
arriesgada maniobra de aterrizaje que nunca se había probado hasta ahora.
Las dimensiones
y el peso del Curiosity, en efecto, no permiten que el "amartizaje"
se lleve a cabo con las mismas técnicas utilizadas en misiones anteriores.
Spirit y
Opportunity, los dos rover que precedieron al Curiosity, llegaron a Marte, a
principios de 2004, en el interior de dos grandes "airbags" que
fueron rebotando entre las rocas de la superficie hasta detenerse por
completo.
Una técnica que
en esta ocasión, debido al tamaño del rover, no puede utilizarse.
Como un
auténtico (y carísimo) juguete transformable, la misión MSL tendrá que cambiar
hasta seis veces de configuración durante la última etapa de su viaje. Y todo
para conseguir pasar, en apenas siete minutos, de 21.000 km/h. a solo 2,7
kmh.
Para ello
utilizará hasta 76 dispositivos pirotécnicos, además de cuerdas, ganchos, grúas
y el mayor paracaídas supersónico jamás construido hasta ahora.
Por cierto, la
nave tendrá que realizar toda la maniobra de aterrizaje por sus propios medios,
ya que Marte está demasiado lejos como para que los científicos la manejen por
control remoto.
De hecho, la
última orden humana que recibirá la MSL le llegará dos horas antes del
aterrizaje.
Nada más entrar
en la atmósfera de Marte, Curiosity enviará una señal a la Tierra, pero ésta no
llegará hasta el centro de control hasta 14 minutos más tarde.
Cuando lo haga,
el vehículo ya llevará siete minutos sobre la polvorienta superficie del
Planeta Rojo, bien de una pieza o hecho pedazos... No en vano la NASA ha
bautizado este intervalo de tiempo como los "siete minutos de
terror".
No resulta
extraña la preocupación de los técnicos de la NASA.
La superficie
marciana, llena de rocas y accidentes, resulta muy poco apropiada para un
aterrizaje seguro.
Su atmósfera,
además, cien veces más delgada que la terrestre, tiene densidad de sobra para
causar problemas pero no la suficiente como para frenar a una nave hasta una
velocidad más confortable para el aterrizaje.
Por eso, desde
las primeras misiones soviéticas de los años 60 hasta hoy, más de la mitad de
las naves que han intentado aterrizar en Marte no lo han conseguido.
Con estas
premisas, los ingenieros se enfrentaron al problema de colocar en Marte un
rover que tiene el tamaño y el peso de un utilitario.
Al principio se
consideró repetir con los airbags, pero la solución tuvo que descartarse debido
al peso del vehículo.
Se pensó
también en colocar al Curiosity sobre una plataforma que aterrizara y
absorbiera los posibles impactos, pero su tamaño la habría hecho del todo
inmanejable.
Así que hubo
que inventar algo totalmente nuevo.
La complicada
secuencia de aterrizaje del Curiosity se fue modelando a causa de la simple y
pura necesidad.
Durante su
entrada en la atmósfera y a 21.000 km. por hora, el rover estará dentro de una
cápsula protectora que le aisle de una temperatura exterior que, debido a la
fricción, alcanzará los 1.600 grados centígrados. Al mismo tiempo, una serie de
retropropulsores entrarán en funcionamiento para estabilizar y empezar a frenar
la nave en su descenso.
En caída libre
Cuando la
velocidad se haya reducido a unos 1.600 kmh, una pequeña carga explosiva
liberará un enorme paracaídas capaz de soportar hasta 30.000 kilogramos de
peso.
En ese momento,
se desprenderá el pesado y ya inútil escudo térmico. Un par de minutos más
tarde la velocidad de descenso se habrá reducido a unos 320 kmh y también el
paracaídas saldrá eyectado.
Durante un
breve instante, y aún a 1.500 metros del suelo, el Curiosity estará en caída
libre, pero ocho retrocohetes entrarán entonces en funcionamiento y volverán a
frenarlo, al mismo tiempo que le alejarán a unos 300 metros de distancia de los
restos del paracaídas, que podrían enredarse y dar al traste con la misión.
Treinta y cinco
segundos después, la velocidad de caída se habrá reducido hasta apenas 3
kmh.
En teoría, esos
mismos cohetes podrían llevar al Curiosity sano y salvo hasta la superficie,
pero en la práctica levantarían una enorme nube de polvo que podría dañar sus
delicados instrumentos.
Así que, a 20
metros del suelo, los cohetes se apagarán y el Curiosity se separará del cuerpo
principal de la nave por medio de una "grúa aérea" que mantendrá al
rover colgado de una serie de cuerdas de siete metros de largo.
Es en ese
momento cuando el vehículo desplegará sus seis ruedas, que hasta entonces
habían permanecido dobladas bajo su panza.
Cargas pirotécnicas
En cuanto
las ruedas toquen el suelo, una serie de cargas pirotécnicas liberarán al rover
de las cuerdas que lo sujetaban y un nuevo impulso de los cohetes lanzará el
cuerpo principal de la nave a 450 metros de distancia. Si todo sale bien, el
Curiosity se encontrará entonces sano y salvo sobre la superficie de Marte,
listo para comenzar su misión.
Durante los
siete minutos que dura el descenso, el Curiosity transmitirá una gran cantidad
de datos a dos satélites de la NASA en órbita alrededor de Marte (el Mars
Odyssey y el Mars Reconnaissance Orbiter), así como al satélite europeo Mars
Express, que lleva en órbita del Planeta Rojo desde 2003.
Los tres
ingenios seguirán segundo a segundo la maniobra y transmitirán los datos a la
Tierra.
Si todo marcha
según lo previsto, el Curiosity pasará dos años analizando el cráter, el clima y la geología del
planeta para determinar qué condiciones debería tener un futuro asentamiento
humano.
Intentando responder por fin a la pregunta de si hubo alguna vez vida
en este mundo hermano de la Tierra.
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